ANDRÉS GÓMEZ BUENO. DIRECTOR GENERAL DEL GRUPO GOF

Puerto de Santander, factoría de sueños

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“El mal de España es la impunidad de que goza la inepcia; no nos pierden los pillos sino los tontos”.

Miguel de Unamuno.

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A veces, cabría pensar que algunos de aquellos a quienes hemos confiado su gestión entienden el Puerto como un garaje de barcos donde, básicamente, se facturan tasas o se ponen trabas a tráficos que se desarrollan solos. Sin embargo, si lo enfocamos con una clara orientación al negocio puede ser una fábrica de sueños, que se convierten en proyectos y oportunidades para el entorno en el que se ubican; oportunidades que se traducen en puestos de trabajo directos e indirectos, contribuciones fiscales y a la seguridad social, y en definitiva, valor añadido para la comunidad.


Porque los puertos, desde el principio de los tiempos, son facilitadores de los negocios y los intercambios culturales a gran escala, precisamente el tipo de cosas que ha permitido al Homo Sapiens dejar de ser un “mono espabilado” para convertirse en la especie que domina el mundo y que podría trascender a la biología.


Los puertos son vórtices de energía positiva, el punto de encuentro de diferentes culturas, el lugar físico donde los trenes se hacen a la mar y los barcos saltan a una autopista o se enganchan a una locomotora; donde la sabiduría de los lobos de mar se alía con la picardía de los estibadores y el rigor de los transportistas terrestres para que los planes de exportación e importación de los hombres y mujeres de negocios se conviertan en realidad, gracias a una eficiencia siempre mejorable.


Pero Santander, por muchas razones, está pareciéndose más a un cementerio de proyectos que a una factoría de sueños. Como en todas las películas, hay actores destacados en este lamentable proceso, que esperemos que sean relevados tras las elecciones. Es insufrible la actitud de algunas personas al frente del Puerto que se preocupan más por el ángulo de la foto y porque el titular rime en consonante, que de convertir en realidad el contenido de sus declaraciones; que en público prometen, reiteradamente y con voz emocionada, ayuda a empresas que han sufrido competencia desleal, pero que luego son torpedeadas por aquella leal escudera a la que se refería Miguel de Unamuno.


Hace poco tuve la suerte de compartir mesa y mantel con Antonio Garrigues Walker, donde denunció que la culpa del auge de los populistas la tenemos los “no populistas” por dejar que tomen un espacio que debería estar ocupado por la sociedad civil, al servicio de una España, una Cantabria mejor. “¿Qué podemos hacer desde la sociedad civil?”, le pregunté. “Chillar, Andrés, chillar”, me contestó.


Y aquí estoy, chillando desde esta tribuna y con la esperanza de despertar a quien también debería estar haciendo lo mismo. Necesitamos que aquellos que representan a la sociedad civil hagan lo que deben, chillar. No puede ser que, durante los últimos cuatro años, el “estadista” que ha estado al frente de la CEOE no me haya consultado ni una sola vez sobre asuntos que atañen a empresas que dirijo, que iban a ser tratados en el Consejo de Administración del Puerto del que forma parte. Fue designado como representante de una entidad de la que soy socio y a la que acudo desinteresadamente cada vez que me llaman para impulsar tal o cual comisión. Ni puede ser que la Cámara de Comercio tenga como representante en ese mismo consejo a un empresario que tiene intereses directos en el negocio portuario…


El objetivo de los órganos de gobierno del Puerto no puede ser restringir y entorpecer. El foco no puede estar en mantener el status quo; ha de estar en facilitar y dinamizar, desde una disposición ágil y flexible. En último término, es una cuestión de mentalidad, actitud y cultura en la cadena de dirección de la Autoridad Portuaria y en la Consejería de la que depende. Es una cuestión de compromiso y de coraje. Es hora de ser valientes, y chillar.


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